Escribe una historia de amor,
dijo la enfermera, y ya era noche
avanzada y fui hacia la casa,
entré tambaleante y dije a Ligia que estaba en la
cama durmiendo, ¿la historia que
estamos escribiendo es de amor?, pero
Ligia no me respondió, permaneció
en su sueño profundo. Entonces vi el
recado en la mesita de la
cabecera, junto con el frasco vació de píldoras
tranquilizantes: José, adiós, sin
ti no puedo vivir, no te culpo de nada, te
perdono; quiera Dios que un día
te conviertas en un buen escritor, pero me
parece difícil; viviría contigo,
aunque impotente, pero tampoco de eso tienes
la culpa, pobre infeliz. Ligia
Castelo Branco. Sacudí a Ligia con fuerza, pero
estaba en coma. Intenté
telefonear, pero mi teléfono está descompuesto, zut,
zut, Gustave, le mot juste, bajé
las escaleras corriendo, cuando llegué a la
cabina, vi que no tenía ficha
para el aparato y a aquella hora estaba todo
cerrado. Y de repente, ¡diablos!,
apareció un asaltante, ¡rayos!, ¡maldita
desgracia!, pero no, no, ahí
reconocí al asaltante, era el mismo negro al que
yo había disparado, ¡estaba vivo!
Él también me reconoció y salió corriendo,
quizá con miedo de llevarse otro
tiro. Corrí detrás de él gritando, ¡eh!, ¡eh!,
¿tienes una ficha de teléfono?,
mi mujer lo está pasando mal, necesito llamar
a la Cruz Roja y corrimos unos
mil metros hasta que se detuvo, respirando
con dificultad, estaba desnutrido
y enfermo, y apenas y consiguió decir
jadeante, por favor, no me des un
tiro, soy casado y tengo hijos que
mantener.
Amarguras
de un joven escritor

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